Ya no cabe duda de que, si la política asturiana se caracterizaba, tras el proceso de construcción de la autonomía, por su condición de previsible y aburrida, las cosas han empezado a ser bien diferentes. Nada que ver con aquellos 'contubernios' de raparto del poder entre los dos grandes partidos tradicionales, con uno en el Ejecutivo autónomico y el otro en una placentera oposición; o, al revés, en el caso de la capital del Principado.
A mí, personalmente, se me antoja que nuestro escenario regional se está convirtiendo en un verdadero laboratorio donde la evolución de las relaciones de fuerzas en el ámbito nacional encuentran el tubo de ensayo perfecto para experimentar nuevas fórmulas y combinaciones.
La más evidente, y ya contrastada, de esas pruebas ha sido y es el nuevo marco de relaciones establecidas en el último año y medio entre socialistas y populares, con los acuerdos sobre presupuestos -sobre todo-, las modificaciones en el consejo de administración de la RTPA, o algunas otras normas sacadas adelante cn los votos de ambas fuerzas políticas, algo inimaginable hace tan sólo unos pocos años.
Creo haber comentado anteriormente el carácter 'celular' de esa nueva entente, con signos incontestables de poder convertirse en un referente para otros ámbitos institucionales si, como apuntan los sondeos, el derrumbe de PSOE y PP limitase sus opciones de gobierno a un apoyo mutuo, algo que ya ha salido a relucir, aunque veladamente, en palabras de algunos dirigentes estatales, a raíz de los resultados de las autonómicas andaluzas.
Ahora, Asturias se ha convertido en una nueva 'probeta' en la que poner a prueba el desconcierto que esos mismos comicios en la comunidad del Sur han sembrado en el seno de Unión, Progreso y Democracia, con la rebelión de numerosas direcciones territoriales y el enrocamiento de la líder nacional al negarse en redondo a dar pasos adelante para que algo cambie en la vida interna del partido.
El hasta ahora candidato autonómico electo de la formación magenta, Ignacio Prendes, ha decidido dar el paso adelante de iniciar conversaciones con Ciudadanos, algo que -por otra parte- siempre ha defendido públicamente y que se ha mostrado como la vía única para construir una alternativa de centro-derecha en el espacio manifiestamente abandonado por el partido de Mariano Rajoy.
La respuesta de su jefa nacional de filas, Rosa Díez, no se ha hecho esperar y se ha plasmado en la 'carta de despido' para el citado Prendes y buena parte de la dirección regional de UPyD.
Esos movimientos han puesto de relieve algo que ya se sabía: que los hombres y mujeres de Díez y de Albert Rivera en el Principado ya tenían avanzado el proceso para la integración con vistas a los comicios de mayo.
Aplicando la lógica, Ciudadanos sigue, a día de hoy, sin apenas estructura orgánica y sin candidatos, algo que, aunque nada más que sea por sus ocho años de andadura, puede aportar como 'dote' el partido magenta. El camino esta expedito. Y no hay que olvidar que el propio Nacho Prendes, que accedió hace cuatro años a un escaño de la Junta General como auténtico principiante, puede aportar ahora ese periodo de amplia experiencia, especialmente tras haber mantenido durante algo más de un año un pacto de legislatura con los socialistas.
Pero, que nadie se crea que las cosas van a ser tan fáciles. El partido de Rivera va hacia arriba y el de Díez cuesta abajo. Por ello, los hasta ahora representantes de este último deben medir bien sus exigencias a la hora de encontrar un punto de coincidencia. De la misma manera, en Ciudadanos deberían ser generosos a la hora de 'repartir', ya que, al menos en el Principado, precisan de algo más que la imagen sólida de un líder estatal. Porque, unos y otros, no deberían olvidar ese otro componente específico de la política asturiana en el mismo espectro político, una fuerza exclusivamente regional llamada Foro Asturias Ciudadanos.
jueves, 9 de abril de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
El circo electoral
Señoras y señores, el circo electoral abre sus puertas desde esta semana que mañana empieza. Han sido solamente diez días de parón (por la vacaciones, que no por cuestiones religiosas) y, desde ya hasta la noche del 22 de mayo, vamos a asistir a un auténtico show en el que la voz del director de pista nos irá anunciando los sucesivos números de los mejores artistas de la fantasía y el entretenimiento. Números arriesgados, malabarismos, de fieras y, sobre todo, de magia y prestidigitación. La puerta se abre para el "¡hale... hop!" de candidatos y candidatas ofreciendo sus regalos de ficción, aquellos que multiplican los recursos más allá de toda lógica, ofreciéndose a facilitarnos la vida futura si tenemos a bien confiarles nuestro voto.
Si lo visto hasta ahora ya nos parecía auténtica filigrana del arte de embaucar, preparémonos a contemplar el clásico "más difícil todavía" capaz de dejar pequeño el milagro evangélico de la multiplicación de los panes y los peces.
Nada nuevo por otra parte; es lo mismo que hace cuatro años, o que ocho antes. Las campañas electorales (y las pre-electorales como aquélla en la que estamos) son terreno abonado para mostrar de qué están hechos nuestros candidatos de toda clase y pelaje.
Muy pronto, los aspirantes a ocupar sillón en los parlamentos regionales o en las casas consistoriales de millares de municipios se multiplicarán en un sinfín de actos minúsculos que tendrán su fin de fiesta en esas tres semanas oficiales de campaña propiamente dicha, ayudados, ya entonces, por líderes y dirigentes nacionales de las respectivas fuerzas políticas que recorren millares de kilómetros de una a otra punta del territorio nacional para llegar apresuradamente a soltar su media hora de parlamento -eso sí, cuidadosamente ajustada a la parrilla del telediario más próximo- antes de irse con la misma celeridad a buscar otro escenario hábil para demostrar sus ejercicios de funambulismo.
Porque muy pronto empezarán los mítines, ese instrumento tradicional ahora desvirtuado por el mal uso de todos estos años y ajeno a los principios originarios de informar y convencer a un electorado ansioso de ver reflejadas en tantas ofertas un atisbo de solución a sus problemas. Recuerdo cuando, tras la recuperación de la democracia, asistíamos a numerosos de esos actos públicos de distinto signo para empaparnos de "ideología" y sacar nuestras propias conclusiones, luego. Nada que ver con las convocatorias actuales, donde importa más el ornato que el argumento, el rostro que los principios; una escenografía exclusivamente para fieles y convencidos que aplauden, o aúllan, ante los estereotipos cuidadosamente calculados que salen de las bocas de las "estrellas" del show.
Preparémonos para todo esto y mucho más. También, como en el espectáculo circense, sus responsables se aplican la máxima de que la función debe seguir contra viento y marea. Y en ello están.
Si lo visto hasta ahora ya nos parecía auténtica filigrana del arte de embaucar, preparémonos a contemplar el clásico "más difícil todavía" capaz de dejar pequeño el milagro evangélico de la multiplicación de los panes y los peces.
Nada nuevo por otra parte; es lo mismo que hace cuatro años, o que ocho antes. Las campañas electorales (y las pre-electorales como aquélla en la que estamos) son terreno abonado para mostrar de qué están hechos nuestros candidatos de toda clase y pelaje.
Muy pronto, los aspirantes a ocupar sillón en los parlamentos regionales o en las casas consistoriales de millares de municipios se multiplicarán en un sinfín de actos minúsculos que tendrán su fin de fiesta en esas tres semanas oficiales de campaña propiamente dicha, ayudados, ya entonces, por líderes y dirigentes nacionales de las respectivas fuerzas políticas que recorren millares de kilómetros de una a otra punta del territorio nacional para llegar apresuradamente a soltar su media hora de parlamento -eso sí, cuidadosamente ajustada a la parrilla del telediario más próximo- antes de irse con la misma celeridad a buscar otro escenario hábil para demostrar sus ejercicios de funambulismo.
Porque muy pronto empezarán los mítines, ese instrumento tradicional ahora desvirtuado por el mal uso de todos estos años y ajeno a los principios originarios de informar y convencer a un electorado ansioso de ver reflejadas en tantas ofertas un atisbo de solución a sus problemas. Recuerdo cuando, tras la recuperación de la democracia, asistíamos a numerosos de esos actos públicos de distinto signo para empaparnos de "ideología" y sacar nuestras propias conclusiones, luego. Nada que ver con las convocatorias actuales, donde importa más el ornato que el argumento, el rostro que los principios; una escenografía exclusivamente para fieles y convencidos que aplauden, o aúllan, ante los estereotipos cuidadosamente calculados que salen de las bocas de las "estrellas" del show.
Preparémonos para todo esto y mucho más. También, como en el espectáculo circense, sus responsables se aplican la máxima de que la función debe seguir contra viento y marea. Y en ello están.
lunes, 30 de marzo de 2015
Promesas y presupuestos
Aun a riesgo de ser tachado de reiterativo, voy a incidir una vez más en el significado que en la etapa en la que nos encontramos tienen las promesas y compromisos que las diferentes fuerzas políticas desgranan ante sus conciudadanos y reflejan los titulares de los medios de comunicación. Las hay que solamente manifiestan una declaración de intenciones, y como tal hay que acogerlas; nos las podemos creer o no pero podría decirse que se trata de unn ofrecimiento con altos componentes de volatilidad. Pero también se formulan otras que tienen corporeaidad, que adquieren volumen físico, Entre una bajada de impuestos y la ejecución de una importante obra no existe diferencia moral, pero podría decirse que la segunda entra mucho más por los ojos y los oídos del votante.
El periodo en el que nos encontramos es propicio para la formulación de unas y de otras promesas y todos sabemos que la de bajar impuestos es recurrente y da igual el signo político de aquellos que la plantean. En el Principado contamos ahora con un ejemplo claro a la hora de rebajar o suprimir el impuesto de Sucesiones, algo que quienes se apuntan no han hecho cuando gobernaban o limitan las bajadas a ese primer año de mandato para volver a elevarlo a medida que avanza su gestión.
Con las medianas o grandes obras es diferente. No es extraño encontrarnos estos días con destacados titulares que ofrecen infraestructuras nuevas o la culminación de las inacabadas, aunque en buena parte de los casos una amplia mayoría debería estar en funcionamiento hace tiempo, incluso varios años atrás.
Prometer por prometer cuesta más bien poco y de esas promesas está empedrado el infierno de nuestra sociedad. Aventurar ocurrencias o comprometer fechas para sacar adelante las grandes inversiones ralentizadas o paralizadas es moneda de cambio de los dirigentes políticos cuando tienen que someterse a la voluntad del electorado.
Vemos estos días, y seguiremos asistiendo en los que vienen, a ese desfile de feria en el que salen de los cajones viejos proyectos, en algunos casos de los adversarios cuando gobernaban, aunque estos últimos los hayan olvidado y se afanen por descalificarlos cuando llevan la firma de sus oponentes.
Nos quejamos los ciudadanos con frecuencia del déficit democrático que representa el limitar nuestro veredicto al voto emitido cada cuatro años. No es tal. Existen en la estructura constitucional mecanismos orientados a ejercer la función de control, aunque muchas veces los ignoremos.
En todo caso, las campañas electorales -tan denostadas por la pasividad de los electores- representan el momento idóneo para pedir cuentas y exigir a los candidatos la explicación de sus compromisos pasados y futuros. No deberíamos aceptar que los mismos se formulen al albur, sin otra trascendencia que un discurso al uso. Tenemos que exigir que sobre cada una de esas promesas nos digan el qué, el cómo y el con qué. En definitiva, obra, proyecto y presupuesto. Para entendernos todos, ¿de dónde va a salir el dinero para hacerloy a qué otros objetivos se le va a mermar? Porque todos sabemos que los fondos públicos no estiran y solamente con partidas específicas y cuantificadas podremos creernos que se van a ejecutar.
Desde esta humilde tribuna invito a los ciudadanos a acudir a los actos públicos abiertos que organizan todas las candidaturas y, con el debido respeto a sus integrantes, reclamar que den cuenta de los detalles mínimos sobre cómo piensan llevar a termino esas inversiones. El talante de la interpelación tiene que ser de templanza pero, a la vez, de exigencia. Que no se puedan ir por las ramas mientras sostienen con un brazo su cesta vacía de regalos. Ya se encargarán los sicarios de cada partido de acusar de subversivos y revientamítines a quienes ejerzan ese derecho inalienable, pero hay que hacerles ver que se trata de una vía plenamente legítima y constitucional de la que nadie dberíamos de abjurar.
El periodo en el que nos encontramos es propicio para la formulación de unas y de otras promesas y todos sabemos que la de bajar impuestos es recurrente y da igual el signo político de aquellos que la plantean. En el Principado contamos ahora con un ejemplo claro a la hora de rebajar o suprimir el impuesto de Sucesiones, algo que quienes se apuntan no han hecho cuando gobernaban o limitan las bajadas a ese primer año de mandato para volver a elevarlo a medida que avanza su gestión.
Con las medianas o grandes obras es diferente. No es extraño encontrarnos estos días con destacados titulares que ofrecen infraestructuras nuevas o la culminación de las inacabadas, aunque en buena parte de los casos una amplia mayoría debería estar en funcionamiento hace tiempo, incluso varios años atrás.
Prometer por prometer cuesta más bien poco y de esas promesas está empedrado el infierno de nuestra sociedad. Aventurar ocurrencias o comprometer fechas para sacar adelante las grandes inversiones ralentizadas o paralizadas es moneda de cambio de los dirigentes políticos cuando tienen que someterse a la voluntad del electorado.
Vemos estos días, y seguiremos asistiendo en los que vienen, a ese desfile de feria en el que salen de los cajones viejos proyectos, en algunos casos de los adversarios cuando gobernaban, aunque estos últimos los hayan olvidado y se afanen por descalificarlos cuando llevan la firma de sus oponentes.
Nos quejamos los ciudadanos con frecuencia del déficit democrático que representa el limitar nuestro veredicto al voto emitido cada cuatro años. No es tal. Existen en la estructura constitucional mecanismos orientados a ejercer la función de control, aunque muchas veces los ignoremos.
En todo caso, las campañas electorales -tan denostadas por la pasividad de los electores- representan el momento idóneo para pedir cuentas y exigir a los candidatos la explicación de sus compromisos pasados y futuros. No deberíamos aceptar que los mismos se formulen al albur, sin otra trascendencia que un discurso al uso. Tenemos que exigir que sobre cada una de esas promesas nos digan el qué, el cómo y el con qué. En definitiva, obra, proyecto y presupuesto. Para entendernos todos, ¿de dónde va a salir el dinero para hacerloy a qué otros objetivos se le va a mermar? Porque todos sabemos que los fondos públicos no estiran y solamente con partidas específicas y cuantificadas podremos creernos que se van a ejecutar.
Desde esta humilde tribuna invito a los ciudadanos a acudir a los actos públicos abiertos que organizan todas las candidaturas y, con el debido respeto a sus integrantes, reclamar que den cuenta de los detalles mínimos sobre cómo piensan llevar a termino esas inversiones. El talante de la interpelación tiene que ser de templanza pero, a la vez, de exigencia. Que no se puedan ir por las ramas mientras sostienen con un brazo su cesta vacía de regalos. Ya se encargarán los sicarios de cada partido de acusar de subversivos y revientamítines a quienes ejerzan ese derecho inalienable, pero hay que hacerles ver que se trata de una vía plenamente legítima y constitucional de la que nadie dberíamos de abjurar.
sábado, 28 de marzo de 2015
¿De qué hablamos cuando hablamos de perdón?
En este circo en el que se convierte cualquier pre-campaña electoral siempre hay alguien dispuesto a ser original. Frente a los alardes habituales que convierten en éxitos los mayores fiascos o las incontinencias a la hora de hacer promesas, la presidenta del Partido Popular en Asturias ha comparecido tras la última reunión de la dirección regional de su partido para pedir perdón por los errores cometidos. Somos la alternativa aunque hemos cometido equivocaciones y mostramos nuestro arrepentimiento, ha venido más o menos a decir Mercedes Fernández, apelando a una supuesta humildad.
Lo que no nos ha dicho la 'lideresa' de los populares del Principado es exactamente por qué o para quién solicita el perdón de sus paisanos. Hablar con tanta generalidad como lo ha hecho invita a pensar que se trata de otro de los muchos recursos a los que apelan los dirigentes y candidatos para mostrarse ante los electores como fervientes defensores de la responsabilidad y de lo correcto.
Lo primero que a mí se me ocurre es que la señora Fernández solicita el perdón de los asturianos por los errores propios, es decir aquellos que pudiera haber detectado a lo largo y ancho de su mandato al frente del partido conservador y de su grupo parlamentario en la Junta General, un mandato que se inicio con amplias expectativas de recuperación tras la debacle que se produjo cuando Francisco Álvarez-Cascos dio el portazo y se fue para crear Foro Asturias Ciudadanos. Sería lo lógico, ya que se trata de una gestión de la que ella y su equipo son los máximos responsables. No haber recuperado ni mínimamente la opción de ser alternativa de gobierno puede ser motivo de reflexión y base para reclamar la exculpación.
Pero también se me ocurre que su solicitud de indulgencia a los asturianos puede tener como origen el periodo inmediatamente anterior a su desembarco al frente del partido, aquel que llevó a los populares del Principado a una situación que su Presidencia sólida no ha sido capaz de enderezar. Puede que requiera la gracia de la ciudadanía para la lamentable actuación de sus predecesores, los mismos que, ante la posibilidad de perder su 'chiringuito', declararon la guerra a su candidato natural, incluso a la dirección nacional, echando un pulso a Génova. Que las posiciones intransigentes de Cascos eran de difícil tragadero es obvio, pero también que esas mismas personas renunciaron a ganar las autonómicas de 2011 con el egoísta objetivo único de salvar sus cabezas. De ahí derivan todos los males actuales del PP asturiano y su situación minoritaria cuando nadie pone en duda, ni sus adversarios más directos que ahora estarían finalizando una legislatura con mayoría absoluta.
Y se me ocurre que Cherines requiere la clemencia de los gijoneses por estos últimos cuatro años de despropósitos que han abocado a su partido en la ciudad a unos presumibles peores resultados que nunca. La demolición de su enemiga confesa Pilar Fernández Pardo, primero; la creación de una comisión gestora que estuvo a punto de convertirse en vitalicia antes de llegar a un convulso congreso que acabó desautorizado por los tribunales; la designación de un candidato -el segundo, ya que el primero acabó mal- tras el susodicho congreso- a dirigir los destinos locales de su fuerza política al que no conocen ni sus propios compañeros; sin olvidar la convulsión a la que ha sometido desde su llegada al grupo municipal popular, forzando la salida de los 'pardistas' y haciendo correr la lista para facilitar la entrada de afines, aunque estos no resultaron en definitiva tales y los tiene ahora finalmente unidos pero en contra de su gestión.
¿Es por alguna de estas causas -o algunas otras que se podrían reseñar pero que harían excesivamente largo este comentario- por las que Mercedes Fernández pide perdón antes de afrontar la cita con las urnas de mayo? Eso es lo que todavía no ha explicado la dirigente popular.
Lo que no nos ha dicho la 'lideresa' de los populares del Principado es exactamente por qué o para quién solicita el perdón de sus paisanos. Hablar con tanta generalidad como lo ha hecho invita a pensar que se trata de otro de los muchos recursos a los que apelan los dirigentes y candidatos para mostrarse ante los electores como fervientes defensores de la responsabilidad y de lo correcto.
Lo primero que a mí se me ocurre es que la señora Fernández solicita el perdón de los asturianos por los errores propios, es decir aquellos que pudiera haber detectado a lo largo y ancho de su mandato al frente del partido conservador y de su grupo parlamentario en la Junta General, un mandato que se inicio con amplias expectativas de recuperación tras la debacle que se produjo cuando Francisco Álvarez-Cascos dio el portazo y se fue para crear Foro Asturias Ciudadanos. Sería lo lógico, ya que se trata de una gestión de la que ella y su equipo son los máximos responsables. No haber recuperado ni mínimamente la opción de ser alternativa de gobierno puede ser motivo de reflexión y base para reclamar la exculpación.
Pero también se me ocurre que su solicitud de indulgencia a los asturianos puede tener como origen el periodo inmediatamente anterior a su desembarco al frente del partido, aquel que llevó a los populares del Principado a una situación que su Presidencia sólida no ha sido capaz de enderezar. Puede que requiera la gracia de la ciudadanía para la lamentable actuación de sus predecesores, los mismos que, ante la posibilidad de perder su 'chiringuito', declararon la guerra a su candidato natural, incluso a la dirección nacional, echando un pulso a Génova. Que las posiciones intransigentes de Cascos eran de difícil tragadero es obvio, pero también que esas mismas personas renunciaron a ganar las autonómicas de 2011 con el egoísta objetivo único de salvar sus cabezas. De ahí derivan todos los males actuales del PP asturiano y su situación minoritaria cuando nadie pone en duda, ni sus adversarios más directos que ahora estarían finalizando una legislatura con mayoría absoluta.
Y se me ocurre que Cherines requiere la clemencia de los gijoneses por estos últimos cuatro años de despropósitos que han abocado a su partido en la ciudad a unos presumibles peores resultados que nunca. La demolición de su enemiga confesa Pilar Fernández Pardo, primero; la creación de una comisión gestora que estuvo a punto de convertirse en vitalicia antes de llegar a un convulso congreso que acabó desautorizado por los tribunales; la designación de un candidato -el segundo, ya que el primero acabó mal- tras el susodicho congreso- a dirigir los destinos locales de su fuerza política al que no conocen ni sus propios compañeros; sin olvidar la convulsión a la que ha sometido desde su llegada al grupo municipal popular, forzando la salida de los 'pardistas' y haciendo correr la lista para facilitar la entrada de afines, aunque estos no resultaron en definitiva tales y los tiene ahora finalmente unidos pero en contra de su gestión.
¿Es por alguna de estas causas -o algunas otras que se podrían reseñar pero que harían excesivamente largo este comentario- por las que Mercedes Fernández pide perdón antes de afrontar la cita con las urnas de mayo? Eso es lo que todavía no ha explicado la dirigente popular.
viernes, 27 de marzo de 2015
El contrato electoral
En ese sinvivir en que se ha convertido el día a día de la actividad política de este año multielectoral, provoca irritación ver cómo los diferentes partidos y coaliciones desempolvan de sus archivos documentos y propuestas de antiguas convocatorias, viejos axiomas olvidados por la prolongada estancia en la moqueta, referencias generalistas de esas que valen tanto para un roto como para un descosido; en fin, todo aquello que pueda servir, aunque sea mínimamente, para atraer la atención del irritado ciudadano. "Prométele cualquier cosa" es el estandarte con el que candidatos de uno u otro signo se lanzan estos días a la calle con la esperanza de movilizar a un electorado hastiado de incumplimientos y desatenciones permanentes.
Los que aún están gobernando se afanan en mostrar "lo que se ha conseguido" y piden un tiempo para completar su labor; los de enfrente, afean a los primeros sus muchas insuficiencias y piden plaza para cumplir ellos -los mismos que nada hicieron cuando anteriormente gobernaron- con esos objetivos. Todo vale. Desde la tradicional promesa de bajada de impuestos -ésta es universal y no se circunscribe a España- hasta pequeños proyectos capaces de mejorar la vida de colectivos minoritarios, todo tiene cabida en la agenda de estos depredadores que se lanzan en manada a buscar la pieza allá donde creen que pueden encontrarla.
En las citas electorales que cronológicamente más cerca nos quedan, vemos a los aspirantes multiplicar su presencia en pueblos diminutos (autonómicas) o barrios (municipales), en pequeños cónclaves que, en la mayoría de los casos, apenas logran reunir un puñado de asistentes, buena parte de ellos reclutados previamente por tratarse de afines de la zona o compañeros de dirección de los candidatos. Resulta penoso ver a tal o cual cabeza de lista en un 'despacho' -de eso ya se cuida la intendencia- y poder contar esa media docena de cabecitas que ocupan el espacio disponible. Son reuniones "sectoriales", suelen decir para justificar esta escasa capacidad de convocatoria. La realidad es que en la mayoría de los casos se antoja innecesario el despilfarro de tiempo y dinero para mostrar una mercancía sin mercado.
Es lamentable ver al urbanita Javier Fernández recorrer la zona rural para poner a la cabeza de sus compromisos la "reforma agraria" (¿no suena como concepto a algo decimonónico?) ; o a la alcaldesa de Gijón madrugar o trasnochar para patear los alrededores de la villa y departir con los paisanos en un atisbo de recuperar aquellos "tres turnos"; por no hablar del optimismo visionario de Mercedes Fernández al arrojar sobre la mesa de sus actos percepciones de una victoria en la que no creen ni sus más fieles allegados; y qué decir de una Izquierda Unida que pierde más tiempo lamiéndose las heridas de sus cainismos que en recuperar "el manifiesto comunista"; como Unión, Progreso y Democracia, pendiente de tapar los boquetes que su líder nacional se ha encargado de abrir con su arrogancia y egolatría. De los emergentes habrá que esperar a que Podemos muestre su verdadera cara, resultante del paso del asamblearismo de factoría industrial a la previsible presencia institucional, o a que Ciudadanos se baje de esa ola que les lleva en volandas y sin control hacia una meta que ni ellos mismos conocen.
Finalmente, todos ofreceran sus promesas ilusionantes al hipotético votante, conscientes de que, si gobiernan, será el momento de reconocer las dificultades o la imposibilidad de llevarlas a cabo, cuando no pasar olímpicamente de ellas si se dispone de una mayoría absoluta.
Usted o yo, cuando asumimos un compromiso y los rubricamos en papeles adquirimos una responsabilidad contractual que hace que, si no lo cumplimos, vendrá la ley que nos obligue a ello o nos sancione. Eso no vale para los candidatos políticos que se llenan la boca con lo de que su programa electoral es un contrato con la ciudadanía, aunque la realidad es que ni lo cumplen ni se les exigen responsabilidades por ello.
Los que aún están gobernando se afanan en mostrar "lo que se ha conseguido" y piden un tiempo para completar su labor; los de enfrente, afean a los primeros sus muchas insuficiencias y piden plaza para cumplir ellos -los mismos que nada hicieron cuando anteriormente gobernaron- con esos objetivos. Todo vale. Desde la tradicional promesa de bajada de impuestos -ésta es universal y no se circunscribe a España- hasta pequeños proyectos capaces de mejorar la vida de colectivos minoritarios, todo tiene cabida en la agenda de estos depredadores que se lanzan en manada a buscar la pieza allá donde creen que pueden encontrarla.
En las citas electorales que cronológicamente más cerca nos quedan, vemos a los aspirantes multiplicar su presencia en pueblos diminutos (autonómicas) o barrios (municipales), en pequeños cónclaves que, en la mayoría de los casos, apenas logran reunir un puñado de asistentes, buena parte de ellos reclutados previamente por tratarse de afines de la zona o compañeros de dirección de los candidatos. Resulta penoso ver a tal o cual cabeza de lista en un 'despacho' -de eso ya se cuida la intendencia- y poder contar esa media docena de cabecitas que ocupan el espacio disponible. Son reuniones "sectoriales", suelen decir para justificar esta escasa capacidad de convocatoria. La realidad es que en la mayoría de los casos se antoja innecesario el despilfarro de tiempo y dinero para mostrar una mercancía sin mercado.
Es lamentable ver al urbanita Javier Fernández recorrer la zona rural para poner a la cabeza de sus compromisos la "reforma agraria" (¿no suena como concepto a algo decimonónico?) ; o a la alcaldesa de Gijón madrugar o trasnochar para patear los alrededores de la villa y departir con los paisanos en un atisbo de recuperar aquellos "tres turnos"; por no hablar del optimismo visionario de Mercedes Fernández al arrojar sobre la mesa de sus actos percepciones de una victoria en la que no creen ni sus más fieles allegados; y qué decir de una Izquierda Unida que pierde más tiempo lamiéndose las heridas de sus cainismos que en recuperar "el manifiesto comunista"; como Unión, Progreso y Democracia, pendiente de tapar los boquetes que su líder nacional se ha encargado de abrir con su arrogancia y egolatría. De los emergentes habrá que esperar a que Podemos muestre su verdadera cara, resultante del paso del asamblearismo de factoría industrial a la previsible presencia institucional, o a que Ciudadanos se baje de esa ola que les lleva en volandas y sin control hacia una meta que ni ellos mismos conocen.
Finalmente, todos ofreceran sus promesas ilusionantes al hipotético votante, conscientes de que, si gobiernan, será el momento de reconocer las dificultades o la imposibilidad de llevarlas a cabo, cuando no pasar olímpicamente de ellas si se dispone de una mayoría absoluta.
Usted o yo, cuando asumimos un compromiso y los rubricamos en papeles adquirimos una responsabilidad contractual que hace que, si no lo cumplimos, vendrá la ley que nos obligue a ello o nos sancione. Eso no vale para los candidatos políticos que se llenan la boca con lo de que su programa electoral es un contrato con la ciudadanía, aunque la realidad es que ni lo cumplen ni se les exigen responsabilidades por ello.
miércoles, 25 de marzo de 2015
Donde no hay panchón...
"En la casa donde no hay panchón todos riñen y todos tienen razón", reza un popular refán español. Y algo de esto es aplicable al delicado momento que atraviesa estos días Unión, Progreso y Democracia. Y no es que la cita andaluza del pasado domingo haya marcado un antes y un después en lo que a relaciones internas se refiere. De ninguna manera. Que las convulsiones constituían moneda habitual entre los 'sectores' del partido magenta era un secreto a voces. Sin embargo, más allá de algún disidente ocasional -vease el ex eurodiputado Francisco Sosa Wagner- los descontentos habían preferido morderse la lengua en público y aguantar un tiempo, quizá por aquello de que se trata de una formación con cargos públicos en las instituciones.
La debacle de las urnas andaluzas ha abierto la espita y todos los cabreos acumulados se han desbordado como pantano en temporada de lluvias. Ahora ya son muy pocos los que se recatan a la hora de exigir cabezas y cuestionar sin tapujos el estilo de su presidenta. El escenario se enreda cuando Rosa Díez decide hacer oídos sordos a este clamor y mantenerse en sus trece sin aceptar la sobresaliente parte de responsabilidad que le corresponde en el fracaso.
Suena especialmente la letra del fallido pacto con Ciudadanos, un anhelo de sectores mayoritarios de UPyD que fue la propia 'lideresa' quien se encargó de desactivar sin contemplaciones. Meses atrás, desencadenó la renuncia del mencionado Paco Sosa y, más recientemente -otro ejemplo- el único diputado autonómico asturiano, Ignacio Prendes, se unió a esa postura abandonando la dirección nacional. Superado el impacto del domingo, se han incorporado a esa corriente numerosos dirigentes que han plasmado gráficamente con su dimisión la delicada situación que vive la formación magenta. Ahora ya nadie tiene miedo a hablar y Díez se ha encastillado rodeada de una corte de fieles incondicionales que, como ella, resisten ante la disyuntiva de perder sus cargos.
Mal bagaje éste con el que ha decidido cargar la mermada ejecutiva del partido para afrontar las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo. Y todo mientras sus rivales por un mismo espacio electoral, Ciudadanos, los mismos con quienes podrían haber confluido en las listas, experimentan un crecimiento desmesurado.
No quiero dejar de señalar que, en ese marco de enfrentamiento, el ya mencionado diputado autonómico asturiano ha terminado de romper los delgados hilos que le mantenían conectado con Madrid y se ha sumado a las peticiones más exigentes de amplios sectores, la dimisión inmediata de Rosa Díez y su retirada a los cuarteles de invierno. Y todo ello mientras Ignacio Prendes, elegido candidato a la Presidencia del Principado antes de que explotara la bomba de la disensión, se mantiene como la opción de UPyD para mantener alguna presencia en el Parlamento asturiano.
¿Decidirá la debilitada dirección nacional retirar esa confianza y confirmar el cisma en Asturias con un relevo fulminante? Es posible, como lo es que quizá ese fuera el mejor de los escenarios posibles para el propio Ignacio Prendes. ¿Habra que apelar al hecho de que Ciudadanos sigue sin candidato en el Principado?
La debacle de las urnas andaluzas ha abierto la espita y todos los cabreos acumulados se han desbordado como pantano en temporada de lluvias. Ahora ya son muy pocos los que se recatan a la hora de exigir cabezas y cuestionar sin tapujos el estilo de su presidenta. El escenario se enreda cuando Rosa Díez decide hacer oídos sordos a este clamor y mantenerse en sus trece sin aceptar la sobresaliente parte de responsabilidad que le corresponde en el fracaso.
Suena especialmente la letra del fallido pacto con Ciudadanos, un anhelo de sectores mayoritarios de UPyD que fue la propia 'lideresa' quien se encargó de desactivar sin contemplaciones. Meses atrás, desencadenó la renuncia del mencionado Paco Sosa y, más recientemente -otro ejemplo- el único diputado autonómico asturiano, Ignacio Prendes, se unió a esa postura abandonando la dirección nacional. Superado el impacto del domingo, se han incorporado a esa corriente numerosos dirigentes que han plasmado gráficamente con su dimisión la delicada situación que vive la formación magenta. Ahora ya nadie tiene miedo a hablar y Díez se ha encastillado rodeada de una corte de fieles incondicionales que, como ella, resisten ante la disyuntiva de perder sus cargos.
Mal bagaje éste con el que ha decidido cargar la mermada ejecutiva del partido para afrontar las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo. Y todo mientras sus rivales por un mismo espacio electoral, Ciudadanos, los mismos con quienes podrían haber confluido en las listas, experimentan un crecimiento desmesurado.
No quiero dejar de señalar que, en ese marco de enfrentamiento, el ya mencionado diputado autonómico asturiano ha terminado de romper los delgados hilos que le mantenían conectado con Madrid y se ha sumado a las peticiones más exigentes de amplios sectores, la dimisión inmediata de Rosa Díez y su retirada a los cuarteles de invierno. Y todo ello mientras Ignacio Prendes, elegido candidato a la Presidencia del Principado antes de que explotara la bomba de la disensión, se mantiene como la opción de UPyD para mantener alguna presencia en el Parlamento asturiano.
¿Decidirá la debilitada dirección nacional retirar esa confianza y confirmar el cisma en Asturias con un relevo fulminante? Es posible, como lo es que quizá ese fuera el mejor de los escenarios posibles para el propio Ignacio Prendes. ¿Habra que apelar al hecho de que Ciudadanos sigue sin candidato en el Principado?
martes, 24 de marzo de 2015
La avestruz popular
A estas alturas de la película no vamos a descubrir la personalidad de Mariano Rajoy Brey. Lleva demasiados años en la política como para sorprendernos con su permanente 'pasotismo' y su estilo de esperar sentado a que sus adversarios se despeñen. Nadie mejor que el humorista Peridis lo ha reflejado gráficamente en sus viñetas del diario "El País", muy especialmente en el día a día de la segunda legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero. Laso, relajado, esperando que la fruta madura cayera del árbol para recogerla. Pero eso ya ha pasado y ahora el arbusto es el suyo, el Partido Popular, y el otoño amenaza con dejarle completamente desnudo y a merced de las inclemencias del tiempo.
El actual presidente del Gobierno no ha querido nunca cambiar su 'estilo' y ha navegado durante los tres años largos de mandato fiel a unos eslóganes que han ignorado desgastes, escándalos o fracasos. Es posible que si su predecesor al frente de los conservadores, José María Aznar, no lo hubiera 'patentado' antes, el mandatario gallego habría esculpido a las puertas de La Moncloa aquello de "España va bien".
Ayer, Rajoy ha dado una muestra más de su inconfundible método a la hora de analizar los resultados de las elecciones andaluzas del pasado domingo. No ha podido decir que los números fueran buenos para el Partido Popular -hasta ahí podíamos llegar-, pero sí ha adoptado una actitud de autocompacencia y de ignorancia ante los hechos consumados que le ratifican en su imagen de esfinge. Extraer conclusiones favorables para su partido de la voluntad de los ciudadanos andaluces no tiene consistencia alguna, aunque el que lo haga sea todo un presidente del Gobierno. El PP se ha descalabrado en el Sur y no hay más cera que la que arde. Renunciar a la autocrítica, sostenella y no enmendalla, y jalear a un candidato perdedor desde el mismo momento de su designación no son los mejores métodos para afrontar un año con demasiadas citas electorales y unas perspectivas cuando menos sombrías para sus intereses.
Da igual que en una organización como el PP haya siempre esos versos sueltos más o menos reconocidos -ahora es Esperanza Aguirre; antes de ser ministro lo fue Alberto Ruiz-Gallardón-; al final, la grey avanza sonriente y silenciosa -aquí en Asturias tenemos el ejemplo de Mercedes Fernández- por el camino que marca el pastor de la manada.
Es posible que el Partido Popular no incluya entre sus temores de urgencia la aparición de Podemos. A fin de cuentas, estamos hablando de espacios políticos separados por un abismo social e ideológico. Pero quizá debería reconsiderar su agresividad hacia la otra fuerza emergente que ha aparecido por su territorio, Ciudadanos, sobre todo si Unión, Progreso y Democracia logra neutralizar el egocentismo y la megalomanía de su principal dirigente, Rosa Díez, para empujar juntos hacia la construcción de una alternativa real de "derecha civilizada", en palabras del líder socialista, Pedro Sánchez.
Si bien es cierto que los resultados andaluces no deberían ser usados con carácter general, también lo es que el todavía partido mayoritario en el ámbito nacional tendría que hacer un alto en el camino y reconsiderar su 'hoja de ruta' si no quiere encontrarse con alguna sorpresa desagradable, esa que no parece figurar por el momento en su agenda. Ignorar la realidad, ni la cambia ni la hace desaparecer.
No es fácil que con Rajoy el PP afronte una catarsis de estas características. No es propio de él y desmontaría toda 'una forma de hacer' trabajada durante muchos años. Sin embargo, esconder la cabeza como el avestruz mientras mantiene sobre la piel el calor solar de las mayorías absolutas no va a reportarles triunfo alguno.
Y eso que no hablamos de Gürtel.
El actual presidente del Gobierno no ha querido nunca cambiar su 'estilo' y ha navegado durante los tres años largos de mandato fiel a unos eslóganes que han ignorado desgastes, escándalos o fracasos. Es posible que si su predecesor al frente de los conservadores, José María Aznar, no lo hubiera 'patentado' antes, el mandatario gallego habría esculpido a las puertas de La Moncloa aquello de "España va bien".
Ayer, Rajoy ha dado una muestra más de su inconfundible método a la hora de analizar los resultados de las elecciones andaluzas del pasado domingo. No ha podido decir que los números fueran buenos para el Partido Popular -hasta ahí podíamos llegar-, pero sí ha adoptado una actitud de autocompacencia y de ignorancia ante los hechos consumados que le ratifican en su imagen de esfinge. Extraer conclusiones favorables para su partido de la voluntad de los ciudadanos andaluces no tiene consistencia alguna, aunque el que lo haga sea todo un presidente del Gobierno. El PP se ha descalabrado en el Sur y no hay más cera que la que arde. Renunciar a la autocrítica, sostenella y no enmendalla, y jalear a un candidato perdedor desde el mismo momento de su designación no son los mejores métodos para afrontar un año con demasiadas citas electorales y unas perspectivas cuando menos sombrías para sus intereses.
Da igual que en una organización como el PP haya siempre esos versos sueltos más o menos reconocidos -ahora es Esperanza Aguirre; antes de ser ministro lo fue Alberto Ruiz-Gallardón-; al final, la grey avanza sonriente y silenciosa -aquí en Asturias tenemos el ejemplo de Mercedes Fernández- por el camino que marca el pastor de la manada.
Es posible que el Partido Popular no incluya entre sus temores de urgencia la aparición de Podemos. A fin de cuentas, estamos hablando de espacios políticos separados por un abismo social e ideológico. Pero quizá debería reconsiderar su agresividad hacia la otra fuerza emergente que ha aparecido por su territorio, Ciudadanos, sobre todo si Unión, Progreso y Democracia logra neutralizar el egocentismo y la megalomanía de su principal dirigente, Rosa Díez, para empujar juntos hacia la construcción de una alternativa real de "derecha civilizada", en palabras del líder socialista, Pedro Sánchez.
Si bien es cierto que los resultados andaluces no deberían ser usados con carácter general, también lo es que el todavía partido mayoritario en el ámbito nacional tendría que hacer un alto en el camino y reconsiderar su 'hoja de ruta' si no quiere encontrarse con alguna sorpresa desagradable, esa que no parece figurar por el momento en su agenda. Ignorar la realidad, ni la cambia ni la hace desaparecer.
No es fácil que con Rajoy el PP afronte una catarsis de estas características. No es propio de él y desmontaría toda 'una forma de hacer' trabajada durante muchos años. Sin embargo, esconder la cabeza como el avestruz mientras mantiene sobre la piel el calor solar de las mayorías absolutas no va a reportarles triunfo alguno.
Y eso que no hablamos de Gürtel.
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