miércoles, 15 de marzo de 2017

Riña de gallos

La confirmación de una tercera candidatura a la Secretaría General del PSOE ha puesto de nuevo sobre el tapete el alcance de la crisis de un partido que llegó a acumular en su momento el mayor grado de poder del país y que desde hace unos años viene desangrándose sistemáticamente, con un reflejo cuantitativo en las urnas.

Hasta la fecha el suelo de esa crisis podríamos situarla en la reunión del comité federal que el pasado año descabalgó de la dirección a un Pedro Sánchez montaraz y reticente a cualquier posible salida razonable a una situación institucional sin precedentes.

El nombramiento de una comisión gestora a la que se le encomendó la búsqueda de algún tipo de salida del túnel por el que los socialistas españoles venían circulando, y la colocación a su frente de un "posibilista" cual es el presidente del Principado de Asturias, hicieron atisbar un rayo de esperanza a una militancia dividida y, a ratos, desconcertada por un tránsito hasta entonces desconocido y que les hacía añorar con nostalgia aquellos años ochenta del pasado siglo en que su gran timonel les condujo por las cumbres del éxito político.

Nada más lejos de la realidad. Es verdad que la nueva situación y la "cintura" de Javier Fernández trajeron una relativa calma e, incluso, un lento pero pregresivo incremento en la intención de voto del partido fundado por Pablo Iglesias (el auténtico). Pero,aquella etapa que desembocó en la reunión del comité federal, de la que todavía ahora, varios meses después, se sigue hablando, se antojaba como el periodo de calma que precede a la tempestad. Era cuestión de tiempo que el mandato de convocar un congreso extraordinario y, previamente, la celebración de elecciones primarias internas para la Secretaría General, hicieran saltar los puntos con los que se había tratado de suturar la grave y profunda herida de finales del 2016.

Del congreso casi nadie habla, al menos de momento. Lo que ahora importa, casi exclusivamente, es esa carrera para ocupar la dirección, que no el liderazgo, de la organización política.

Dos incógnitas se planteaban al inicio de este proceso, las que llevaban los nombres propios del anterior secretario, Pedro Sánchez, y de la dirigente y mandataria andaluza, Susana Díez. Cualquiera apostaba entonces sobre seguro a que ambos saltarían al cuadrilátero. Como así ha sido. Sin embargo, mucho antes que ellos se incorporó al elenco un tercer protagonista, el vasco Patxi López, con una amplia experiencia y visos de moderación, con manifiesta declaración de ubicarse entre el posibilismo de los dirigentes que conocen las dificultades del gobierno y los radicales empecinados en recuperar las esencias de un partido obrero y de izquierdas, algo que hace mucho tiempo abandonó.

Me gustaría equivocarme pero todo hace indicar que el combate, más allá del papel de este presunto árbitro euskaldún, va a estar más cerca del kickboxer o alguna de sus especialidades que de las severas normas impuestas por el marqués de Queensberry para la creación del deporte de los guantes. El "podemismo" de Sánchez y las "expertas marrullerías" de Díez, con la colaboración del "aparato", invitan a aventurar que ni va a ser fácil el proceso ni, mucho menos, satisfactorios los resultados posteriores a la hora de cerrar las llagas del cercano pasado.

Porque no hay que olvidar que los dos -o mejor los tres- reivindican el concepto de socialismo para sus plataformas, lo que hace aún más difícil de entender una carrera en la que ni ideología ni programa son diferentes. El PSOE lleva años refundándose sin encontrar un punto de equilibrio que le sitúe de forma diáfana en el marco político de España. Los experimentos bajo la batuta de José Luis Rodríguez Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba y el citado Pedro Sánchez Castejón han marcado un declive continuado en la presencia de esos proyectos en la sociedad. No es temerario decir, pues, que hallar el camino adecuado en este momento no parece tarea fácil. Embarcarse en una pelea de gallos evidente, por mucho civismo que se le trate de echar de cara al ciudadano, no va a contribuir a esa meta y preparará el terreno para un congreso en el que, lejos de asentarse un partido sólido y deudor de una rica historia, podrían marcarse las líneas para el definitivo despeñamiento.

jueves, 12 de mayo de 2016

Altura de miras

En el lenguaje político existen algunos latiguillos que se repiten a lo largo de mandatos y legislaturas. Uno de ellos, especialmente recurrido en aquellos periodos en los que no hay forma de configurar mayorías suficientes como es el actual, reza "tener altura de miras", cuatro palabras que enmascaran un más directo "echate a un lado y déjame que sea yo el que gestione el gobierno".

A lo largo de los cuatro meses siguientes a las elecciones que pusieron fin al bipartidismo imperfecto español han sido varios los líderes o dirigentes que han apelado a ese reclamo intentando eliminar los recelos o la sencilla negativa de posibles socios a una confluencia capaz de facilitar el objetivo de gobernar.

El manifiestamente criticable acuerdo alcanzado estos días entre los responsables federales de Podemos e Izquierda Unida ha ido dejando, a la hora de concretarlo territorio por territorio, todos aquellos riesgos -y más- que sus detractores habían vaticinado. Y, una vez más, Asturias es el escenario más significativo para analizar sus "goteras". Y no tanto -que también- porque el portavoz parlamentario de la coalición en el Principado sea Gaspar Llamazares, adalid desde un principio en el ámbito nacional de la oposición abierta al entendimiento electoral con el partido de Pablo Iglesias.
Lo que ahora está viviendo aquí la convivencia entre las dos fuerzas políticas de la izquierda -que me perdonen los de Podemos, que ya sabemos que no les gusta esa etiqueta- resulta definitorio de cómo se hacen las cosas en el Estado español cuando los grupos políticos tratan de buscar objetivos interesados. Nunca se han llevado bien los unos con los otros, pero la soberbia de Iglesias y lo que parece un bisoñismo de libro de Alberto Garzón, ha permitido incluir en los pactos nacionales que, en el Principado, circunscripción en la que IU alcanzó los mejores resultados en las últimas autonómicas, los de Manuel González Orviz se vean ante la posibilidad de figurar en un tercer puesto que en modo alguno podría garantizarles representación el 26 de junio próximo. El pote se cocina en Madrid y los diferentes componentes nadie controla de dónde vienen. Un problema más que no alcanzo a imaginarme qué solución pueda tener, salvo que los asturianos se bajen los pantalones y traguen con las sobras que les puedan echar.

Los podemitas asturianos se ríen entre dientes y echan balones fuera porque se trata de "un problema de la coalición en Asturias". "Hay un pacto y punto". En paralelo, recurren al más arriba mencionado latiguillo y piden a IU "altura de miras" para llevar adelante en esta comunidad unos papeles firmados a quinientos kilómetros y sin contar con los interesados para nada. La misma "altura de miras" que les solicitaba a ellos Pedro Sánchez solamente hace algunas semanas para que permitieran a los socialistas alcanzar el Gobierno de España y desalojar del mismo a Mariano Rajoy, un santo y seña común a todas las fuerzas políticas del arco parlamentario provisional salvo el propio Partido Popular.

No sé si González Orviz y los suyos estarán por demostrar esa "altura de miras" y permitir a Podemos hacer lo que se proponen. En todo caso, aunque más próximo, el conflicto no deja de ser un referente más de que el paso dado por la Izquierda Unida de Alberto Garzón solamente tiene un futuro: su progresiva disolución en el mar de los de Iglesias y Errejón. Lo que no se acaba de explicar es por qué lo que vemos la inmensa mayoría se difumina y desaparece a los ojos de los actuales responsables de la coalición de izquierda.

domingo, 8 de mayo de 2016

Quitarse las caretas

Si algo bueno tiene el tiempo es que te permite conocer los datos precisos para hacerte tu composición de lugar y configurar un criterio propio documentado sobre los principios teóricos de lo que se califica como nuevo. Y es el periodo transcurrido desde la creación como partido de Podemos el que nos ha permitido pasar de su tarjeta de visita a conocer la verdadera praxis de un modo de actuar de quien se presentaba fundamentalmente como una revolución en las personas y los modos de hacer política en este país.

A estas alturas de la película Pablo Iglesias y los suyos ya no pueden obviar que sus inicios nada tienen que ver con la práctica real de sus estrategias actuales. Normal, se me dira. Y lo sería si no fuera porque cada día que pasa se manifiestan con mayor claridad cuáles son los objetivos y los medios que sus responsables están dispuestos a utilizar para lograrlos. Una cosa es la inevitable acomodación al marco institucional en el que se ha ido incrustando la fuerza emergente y otra diferente el cameleonismo oportunista de una élite intelectual que, en los más puros principios del leninismo, ha fijado en la toma del poder su único objetivo.

Podemos se quita caretas un dia sí y otro también. La última de estas representaciones ha llegado con su propuesta de unión electoral con Izquierda Unida, la misma coalición que cuatro meses atrás era el pasado, lo viejo y que ahora la presentan como el apoyo necesariio para configurar la alternativa del cambio.

Y esta actitud se produce después de que la mayoría de las previsiones vaticinen un retroceso de los podemitas con respecto al 20 de diciembre del pasado año. Las mismas que auguran un mejor resultado el mes próximo para Izquierda Unida.

Son pocas las voces, aunque cualificadas, dentro de la coalición de izquierda las que han advertido sobre los peligros que dicha unión podrían traer para los de Alberto Garzón. La fagocitación sólo parece evidente para esas mismas voces y no para un sector mayoritario de IU que argumntan su decisión de ir juntos a los comicios con una consulta a sus bases que marca ya el vampirismo que va a ejercer el partidos de Iglesias; una consulta, por cierto, en la que no han participado la gran mayoría de los militantes que tienen derecho a pronunciarse.

El reparto de los puestos en las listas electorales -faltaría más- han supuesto un obstáculo en lo que parecía un jardín de rosas. ¿Acaso creía Garzón que los taimados líderes de sus presuntos socios iban a permitir que su meta de "tragarse" a IU pudiera verse en entredicho por una representación numérica que interfiriera en sus planes en las próximas Cortes Generales?

Podemos piensa solamente en utilizar a Izquierda Unida -aunque ni de lejos quieren que se les clasifique con la izquierda- para intentar el "sorpasso" al PSOE y convetirse en la fuerza hegemónica de la alternativa a la derecha. De ahí a preparar la aniquilación del partido socialista sólamente habría un paso que el tiempo se encargaría de facilitar. Esa sería la penúltima careta que acabaría por quitarse Iglesias.

viernes, 6 de mayo de 2016

Marcar tendencia

Las encuestas son algunos de esos instrumentos que, de la misma manera que unos se aferran a sus previsiones, otros se aprestan a desechar sus resultados. Son encuestas, acaban todos por decir o, más sutilmente, aquello de que la única valida es la resultante del voto de los ciudadanos el día en que son llamados a las urnas.

En lo que sí coinciden amplias mayorías es que los resultados demoscópicos sirven para marcar una tendencia o, dicho en lenguaje llano y vulgar, sirven para extraer un máximo común denominador que aproxima sus números a una supuesta realidad.

Estamos precisamente ahora en un periodo especialmente sensible para practicar con profusión ese tipo de consultas y, aunque mucho antes de la nueva convocatoria de comicios ya habían empezado a proliferar como hongos, recientemente -y no digamos lo que nos espera en las próximas semanas- se han convertido en información recurrente en todos los medios informativos, sea por las consabidas oleadas del Centro de Investigaciones Sociológicas como por la iniciativa de prensa, radio o televisión de diverso pelaje, llegando en algunos casos a provocar sonrojo tras comprobar la ficha de los diferentes trabajos.

Tan escaso rigor, cuando no partidismo, hace que la acumulación de datos de muy variada credibilidad contribuyan a distorsionar esa "tendencia" que resulta de la suma sin criterio de tal cantidad de cifras.

Y es aquí donde, a mi entender, existe un peligro real. Se habla muchas veces de la influencia de la opinión "publicada" en millares de ciudadanos que se quedan con los titulares y las generalidades de esa cantidad de "ruido" informativo. Se trata de una influencia real y nada despreciable. No es que quiera subestimar la inteligencia de los españoles, pero no se debe obviar la presión que en numerosos grupos de ellos ejercen esa comunicación desbordada.

No me voy a detener a reseñar cuáles son en estos momentos esas "tendencias", especialmente en lo que se refiere al actual "cuatripartidismo" resultante de las elecciones del 20 de diciembre del pasado año. Están en boca de todos y acaban por convertirse en opinión "pública" a nada que nos detengamos a escuchar las conversaciones calles, bares o mercados. Son muchos los que dan por hecho mucho antes de acercarnos a las urnas que tal fuerza política va a mejorar, aunque sea ligeramente, o que tal otra verá caer sus apoyos de forma más o menos relevante.

Esto es algo que cala en la mente de muchos votantes y que adquiere un posible peso real en la decisión que puedan tomar el próximo mes de junio. Y ello pese al innegable desencanto resultante de cuatro meses absolutamente perdidos.

jueves, 28 de abril de 2016

Las cartas sobre la mesa

Entre los múltiples interrogantes que plantea la nueva convocatoria de elecciones en España hay uno -quizá no el más relevante, pero sí de suma importancia- que preocupa a millones de españoles y que ya se ha hecho visible en numerosos medios informativos y en las redes sociales: Vamos a enfrentarnos a dos meses de campaña para ver y escuchar aquéllos o aquéllo que todos estamos hartos de que machaquen nuestros ojos o nuestros oídos? Todo apunta a que será así.

En puridad, algo deberíamos haber aprendido de estos interminables cuatro meses desde la cita de diciembre y partidos y candidatos están exigidos de poner en sus propuestas cuestiones que, a mi entender, no deberían dejarse para después de junio. Pienso en varias de ellas, pero hay una que se me antoja esencial. Y es la concreción sin tapujos de cuál es la posición de todas y cada una de las fuerzas política que aspiran a un resultado determinante en el futuro mapa institucional sobre su disponibilidad a los pactos. No al concepto genérico -ese ya se les supone-, sino a quiénes de sus adversarios tienen puntos de contacto suficientes para alcanzar un pacto y quiénes no. Vamos, que deberían "pintar" ahora mismo, y no dejarlo para el verano, esas famosas líneas rojas que, sin llamarse a engaño, han marcado el fallido periodo de negociaciones que ha desembocado en la nueva convocatoria a las urnas.

Dicen, algunos, que no se pueden establecer apriorismos antes de conocer la opinión actual de los españoles, que será la matemática parlamentaria la que establecerá el tablero de juego en el que se pueda alcanzar el acuerdo necesario para restablecer la estabilidad en este país. Pues no. Su discurso responde claramente al más puro tacticismo partidista y al objetivo de esconder al electorado unas estrategias que tienen más que ver con ambición de poder que con el verdadero interés general.

Al margen de lo que digan las encuestas, nada indica que el resultado de junio vaya a ser sustancialmente diferente al de diciembre; es decir, que las opciones de suma se parecerán bastante, o mucho, a las que han impedido un Gobierno para España. Si añadimos que los candidatos tampoco van a ser básicamente otros y que nada hace pensar que se modifiuen los programas, la disponibilidad a alcanzar acuerdos con éste o aquél se muestra como uno de los aspectos sustanciales de la próxima camapaña. Algo hubiéramos podido adelantar si tal aclración hubiera figurado en los principios electorales de todos y cada uno de los contendientes a finales del pasado año.

Y, para aquellos que consideren baladí estes requisito, me permitiría recordarles que el elector vota solamente -en el caso del Congreso de los Diputados, allí donde se cuecen les fabes- a una de las listas y que es posible -en muchos casos me atrevería a afimar que seguro- que al depositar su papeleta no están dispuestos a permitir con ese sufragio que alcance el poder o influya decisivamente en él otra fuerza política a la que ha rechazado dar su confianza. No creo que pueda decirse que un votante de Izquierda Unida en diciembre quisiera aupar a Podemos, ni que un apoyo a Ciudadanos casara con la decisión de llevar al PSOE a La Moncloa. Por no hablar del Partido Popular, por muy ufanos que se muestren sus dirigentes, tan distantes siempre de la realidad.

Antes de volver a enfrentarnos a otra situación como la que atravesamos los últimos meses es necesario saber que, antes de que los candidatos se jueguen sus intereses sobre el tapete poselectoral, existe un paso determinante cuál es el logro del voto de los ciudadanos. Y, para eso, estos tienen que saber con precisión en que forma van a utilizar los aspirantes la confianza que les prestan. Todo lo que no sea ésto, será más de lo mismo y una espiral de inestabilidad y vacío que el pueblo no se merece.

miércoles, 27 de abril de 2016

¡Váyanse señores candidatos!

Dice un refrán popular que dos no discuten si uno no quiere. A renglón seguido, podríamos colegir que dos no se ponen de acuerdo si una de las partes no lo desea. Y qué decir si en vez de dos son tres, o cuatro los invitados. Pues algo de esto se podría asimilar a estos cuatro meses de "impasse" político en los que la ineptitud o la falta de voluntad de las fuerzas políticas que lograron representación el 20 de diciembre pasado nos han sumido. No había buenas perspectivas optimistas desde aquella misma noche electoral. Y algunos lo señalamos. Pero el paso del tiempo y el convencimiento de que una nueva cita con las urnas no sera solución para nada dejaron abierto un margen para la esperanza. Muy pronto se vio que los intereses partidistas, disfrazados de grandilocuentes discursos ideológicos, eran un obstáculo prácticamente insalvable para llegar a alguna meta que ofreciera un atisbo de ilusión a la ciudadanía. En este tiempo se ha hablado mucho, pero, como rezaba aquella tópica frase de los pieles rojas norteamericanos, "hombre blanco hablar con lengua de serpiente". Se proclamaba una cosa y se adivinaba otra bien diferente.

En estos cuatro meses que han desembocado en la ya segura convocatoria de nuevos comicios ha habido actitudes marcadamente obstrucionistas y otras que, tras su apariencia de responsabilidad, no disimulaban un objetivo único, la toma del poder por el camino que garantizara la meta. Nunca -eso pienso yo- ha habido ni por unos ni por otros una voluntad real de dotar a los españoles de un Gobierno que diera una estabilidad al Estado, si no pasaba por sus intereses particulares. La pluralidad que arrojaron el pasado año las urnas, lejos de orear la democracia, la ha inundado de un olor bastante nauseabundo, algo que ya han captado los españoles y que mucho me temo que se dejará sentir el 25 de junio próximo. Las encuestas lo dicen, pero mucho más a las claras se aprecia en los comentarios de aquí y de allá, esos en los que un ciudadano se expresa sin cortapisas ni miedos, por muy viscerales que sean sus opiniones
.
Ahora, vamos a acudir de nuevo a votar, pero en un escenario no muy diferente al de la anterior cita. Las encuestas apuntan a algunos nuevos equilibrios, pero nada garantiza que los desencuentros de este último periodo vayan a desaparecer por el simple hecho de emitir un nuevo sufragio. Los protagonistas ya están haciendo sus cálculos y buscan esa suma complicada que arroje una mayoría suficiente para ocupar La Moncloa. Los obstrucionistas, los posibilistas y los absolutistas cuentan y recuentan sobre esas mismas meras hipótesis que son las encuestas y que rechazan cuando no les sonríen.

Mientras tanto, los españoles nos miramos al espejo con cara de tontos y nos preguntamos si vale la pena volver a las urnas para votar a las mismas personas y los mismos programas que en diciembre.
Porque el balance de todo este tiempo transcurrido desde entonces no arroja ningún saldo positivo. Más bien un fracaso generalizado de todos aquellos en los que pusimos nuestra confianza para gestionar este país. Son otra vez los mismos perros y con los mismos collares. Dejando de lado el coste económico que este escenario supone -que no es moco de pavo-, el hastío se ha adueñado de quienes tenemos la última palabra a través de nuestro sufragio.

Otra vez el mismo Rajoy, otra vez Pedro Sánchez, de nuevo Pablo Iglesias, una vez más Albert Rivera. ¿En cualquier otro escenario que no fuera el político sería imaginable esta reiteración? Creo que no, que a aquellos a los que se les da una responsabilidad y se muestras totalmente incapaces de sacarla adelante se les manda a la calle.

Creo que fue una alta responsable de Compromis quien hace algunas semanas planteó que, de verse abocados a unas nuevas elecciones, no deberían de repetir como candidatos ninguno de quienes fueron cabeza de cartel el 20 de diciembre.Ninguno. Quien no se muestra capaz de estar a la altura del encargo del pueblo español debería tener la decencia de echarse a un lado. Claro que entonces no estaríamos hablando de partidos políticos ni mucho menos de España.
¡Vayanse señores candidatos!

sábado, 23 de abril de 2016

Clasificaciones simplistas

Las actuales negociaciones entre las cúpulas de Podemos e Izquierda Unida han vuelto a poner sobre el tablero uno de los más viejos debates de la política española en los últimos tiempos: el de las derechas y las izquierdas. Muy especialmente, desde que las urnas cambiaran radicalmente el equilibrio de siglas el 20 de diciembre pasado. De entonces acá, han fluido a borbotones las manifestaciones de unos y de otros con el objetivo de situarse, o situar al oponente, en esa anquilosada clasificación decimonónica.

Se me dirá -y con razón- que nadie puede objetar una realidad incuestionable: aquella de que no todos son iguales. Cierto. Pero, dejando sentado este principio, parece evidente que, cuando se trata, como ocurrió tras los comicios de finales del año pasado, de clasificar a los viejos partidos tanto como a los emergentes en esa simple dicotomía, aparecen manifiestas evidencias de que la agrupación de dos o tres fuerzas políticas en uno de esos espacios colisionan con la realidad de elementos comunes. Incluso, en algunos casos, podría decirse que las desigualdades son más que las semejanzas.
Llevamos meses dejando correr ríos de tinta sobre una mayoría de izquierdas en el actual panorama institucional español. Una simplificación que el tiempo se ha encargado de diluir. Acaso socialistas y podemitas forman parte de un mismo espectro ideológico, por mucho que se traten de asimilar?. Incluso, podría rastrearse sin demasiado éxito la concordancia entre el partido de Pablo Iglesias e Izquierda Unida. Algo parecido resultaría de los esfuerzos por identificar en el otro extremo de la balanza al Partido Popular y Ciudadanos, aunque ese será un debate posible para después de las elecciones de junio si, como todo indica, llegan a celebrarse. De demostrarlo se ha encargado el paso de estos últimos cuatro meses.

El análisis podría ir más lejos si tomamos como referencia aquello que nos afecta de forma más próxima: el Principado de Asturias. Aquí, las incompatibilidades entre Podemos y Partido Socialista se han dejado sentir mucho más acusadamente. Y no solamente en el Ayuntamiento de Gijón, donde la negativa de los correligionarios de Iglesias y Errejón a apoyar al candidato socialista a la Alcaldía ha permitido acuñar uno de esos muchos recursos lingüísticos que impregnan la política institucional de este territorio: el apuntalamiento de Foro en el gobierno municipal por los concejales de Xixón Sí Puede. No solamente. Porque si nos paramos a revisar las relaciones entre los tres partidos de esa "izquierda generalizada" en el ámbito autonómico las perspectivas no son mejores. Los diputados regionales de Daniel Ripa son un auténtico azote para el presidente Javier Fernández, que no duda en responder cada vez que tiene la mínima ocasión con su rechazo a cualquier iniciativa que pueda venir de esa bancada. Sin dejar de lado al único apoyo escrito con el que cuenta el Ejecutivo autónomo, el de Izquierda Unida, que dirige con mano firme un Gaspar Llamazares opuesto radicalmente - y con razones más que contundentes- al pacto nacional de la coalición a la que pertenece con Podemos.

Podría extenderme más, pero no creo necesario acumular escenarios y manifestaciones que desdicen aquello de que hay en España, en Asturias o en Gijón una mayoría de izquierda y de progreso. Como definiciones elementales pueden quedar muy bien pero la puñetera realidad, amigos míos, es mucho más compleja y bien diferente.